«Hablar de mí, es abrir las puertas de mi alma para compartir aquello que sostiene mi espíritu, aún en los momentos más oscuros. Es desnudar mis esperanzas y mis certezas, sabiendo que no son perfectas, pero son profundamente mías. En el fondo, un acto de vulnerabilidad y valentía: significa reconocer que no todo puede ser explicado, pero mucho puede ser sentido y vivido con intensidad. Todo empezó con el encuentro con un «chico» . Su llegada no fue casual; fue un reflejo de las preguntas que ya habitaban en mí, esperando el momento de ser escuchadas. Apareció como una especie de espejo, como un eco que resonó en lo más profundo, trayendo a la superficie dudas que creía dormidas y certezas que temía enfrentar. Puso mi mundo del revés, no para desordenarlo sin más, sino para sacudir las bases de mi interior y obligarme a mirar de nuevo hacia adentro. En medio del caos que provocó, encontré algo inesperado: una llamada silenciosa hacia la fe, esa fuerza que ha sostenido mi vida incluso en los procesos más duros, como la pérdida de la visión, sin saberlo, me hizo recordar que la fe no es solo refugio, sino también impulso, una mano que te levanta cuando todo parece oscuro. La vida te enfrenta a desafíos inesperados. En mi caso, una enfermedad me hace sangrar los ojos y, en ocasiones, me deja sin visión. Es un proceso doloroso, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Perder la vista por momentos es perder una parte del mundo visible, pero es también una oportunidad para ver de otra manera. La llegada de ese chico misterioso marcó un antes y un después, y no solo por lo que provocó, sino por lo que trajo consigo. Con su manera de ser y su historia, me llevó a enfrentar mi realidad con una honestidad que no sabía que necesitaba. Sin esperar nada, compartió su mundo: su vida, sus amigos, y personas que, como él, viven de esas preguntas profundas, de una fe que no se esconde de los desafíos, sino que los enfrenta con el alma abierta. Este encuentro, lejos de ser casual o simplemente amoroso, me hizo comprender algo que transformó mi forma de mirar la vida. Aprendí que incluso en mi enfermedad, aun cuando mis ojos a veces se cierran y la visión me falta, hay una forma diferente de habitar al mundo. El valor de la vida no está en lo que logramos hacer o en lo que podemos ver físicamente, sino en el simple hecho de existir. Ahora, afronto la enfermedad sabiendo que no tengo que verlo todo para sentirlo todo. Que no importa cuán limitada pueda parecer mi capacidad física, mi espíritu tiene una fuerza que trasciende esas barreras. Este chico y su mundo me enseñaron que el propósito no está en las respuestas perfectas ni en la certeza de lo que vendrá, sino en vivir con intensidad, con esperanza, y con la fe de que existir, en sí mismo, es suficiente.
Es por ello que afirmó que lo esencial es invisible a los ojos.»
Por: María Pérez Hernández
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En la Parroquia de Santa Úrsula Mártir seguimos caminando unidos para sostener el Proyecto de Restauración del Artesonado del altar mayor, una obra que avanza gracias al compromiso y la generosidad de muchas personas. Entre las iniciativas para recaudar fondos,...


