En el mes de julio, la noticia del suicidio del sacerdote italiano Matteo Balzano nos ha dejado a muchos con el alma encogida. Al leerla, no pude evitar pensar en algún sacerdote amigo, de esos que uno lleva en el corazón. El solo hecho del suicidio sacude. Es un acto profundamente triste, imposible de ignorar. Me conmovió especialmente fragmentos de la carta que una joven leyó durante su funeral. Decía:
«Querido don Matteo, fuiste más que nuestro sacerdote, más que nuestro confesor y más que nuestra guía. Fuiste un amigo sincero para nosotros. Nunca olvidaremos el tiempo compartido juntos durante los grupos en el oratorio. Tratamos temas serios e importantes para nuestras vidas, pero también los más ligeros. Nuestra relación contigo no ha terminado. Solo se ha transformado. Porque sabemos que tú estarás siempre con nosotros».
Estas palabras retratan la cercanía real que este sacerdote tenía con los jóvenes… y ¿por qué no intuirlo? también con muchos adultos. Cuando supe la noticia, me brotó por dentro una pregunta difícil: “¿Y si esto le pasara a un sacerdote que conozco, un sacerdote con una relación de Amistad más allá del propio sacerdocio como dice la chica de la carta?”. El misterio del corazón humano es profundo, y aún más cuando alguien decide quitarse la vida. Si has estado cerca de esa persona —si la viste solo unas horas antes—, algo se quiebra por dentro. Me pregunto: ¿acaso hay sacerdotes que no sean Amigos? Un hombre que da la vida por mostrarte el camino a la salvación, que busca tu felicidad, que te consuela sin juzgarte… ese es un Amigo con A mayúscula.
Qué carga tan grande la de quien escucha cada día los dolores de todos, mientras los suyos muchas veces no los escucha nadie. Qué cansancio, qué desgaste, recibir juicios constantes de quienes olvidan que el sacerdote también es un ser humano. Un hombre que sufre, que a veces no puede más, que se puede sentir solo.
En mi mente se cruzan como escenas de una película los rostros y abrazos de sacerdotes que me han acompañado en la alegría y en el dolor. Perder a uno de ellos en una tragedia como esta, o incluso en un accidente inesperado, deja un vacío. Y en ese vacío, la tristeza no tarda en instalarse. Un vacío que guardara siempre el Amor de este Amigo Sacerdote.
Qué fácil es olvidar que son hombres frágiles y valientes, entregados hasta el final. Qué ingratitud la de no reconocer cuánto bien hacen. Qué injusto juzgarlos con dureza, sin mirar su humanidad.
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